diumenge, 3 de maig de 2015

Noticias de Rama Cay, Bluefields, RAAS, Nicaragua


Eran como las 9 de la mañana y ya había gente esperando en aquel muelle. El mismo que algo más de un mes antes, nos había dado la bienvenida a la isla que sería nuestra casa.
De todos los pensamientos que me acompañaron en el largo trayecto de Managua a Rama Cay aquella madrugada, jamás pensé que sentiría aquello. Cuando me preguntan, lo llamo –sentimiento de pertenencia-, porque creo que es eso. Parecido a lo que se siente cuando regresas a casa y abrazas a los tuyos tras un largo periodo fuera, acompañándote de olores, sabores, imágenes… que te transmiten la tranquilidad del haber llegado a casa.
En cierto modo así me sentí cuando llegué a Rama Cay la segunda vez. Los niños, todos, nombrándote con esa sonrisa inocente y pícara, a la espera de que únicamente tú se la devuelvas. Tu “familia” inquieta porque quiere explicarte que te han arreglado (aún más) la habitacioncita donde duermes y te han acomodado espacio para tus ropas y cuadernos.
Salir a la terracita donde a diario, cuando amanece, tomas café mientras miras como la bahía se va aclarando… había llegado a “casa”.
No es tarea sencilla trabajar en una comunidad indígena, con un idioma distinto y unas costumbres tan diferentes a las tuyas. Pero pienso que eso es lo bonito, lo que llena de encanto la labor de conseguir que el modelo del proyecto pedagógico de la AEPCFA sea una realidad.
¿Cómo podemos ser tan diferentes y, sin embargo, tener la misma concepción de lo que es la felicidad? A mi parecer, ese es el éxito y la maravilla de la Pedagogía del Amor desarrollada en la isla.
 Felicidad es que una señora de 60 años esté empezando a dividir por dos cifras y te pide salir a la pizarra. Está en 3º y 4º grado y si todo va bien, en pocos meses recibirá su diploma.
Ser feliz también es ver como doña Celina, enferma de los huesos, baja diariamente la lomita de la cancha para acudir a su punto de 1º y 2º grado en el instituto. Con su bolsita llena de materiales y con la cara de ilusión de un niño cuando estrena colores nuevos al iniciar el curso.
Y, por supuesto, la felicidad es que doña Benicia no aparte la mirada de la pizarra y de su facilitadora, mientras mantiene a su bebé pegada al pecho porque la está alimentando, y no sólo de leche materna, sino del ambiente y del teatro pedagógico más encantador que ofrece la facilitadora Senovia diariamente en su casita.
 Esto es amor. Y tanto que es amor. Pero, como dirían en mi tierra, -no todo es color de rosa- y hay dificultades, claro que las hay, y muchas. Si no, ¿qué sentido tendría que tres españolas estuviéramos por parte de la AEPCFA en la isla?
Del amor dicen, y es cierto, que hay que regarlo todos los días, como a las flores más preciosas. Y esa es la mayor dificultad; mantener viva la llama y el amor de toda la comunidad hacia la educación, hacia la alfabetización, hacia el avance y la adquisición de nuevos conocimientos, hacia el desarrollo. Llamar día tras día a la puerta de alumnas y facilitadoras para volver a prender la mecha por la que tanto han trabajado y están trabajando.
Y en los momentos más difíciles, cuando el esfuerzo no tiene la recompensa esperada, sólo queda apretar el puño, susurrar “QUE SE RINDA TU MADRE” y volver a pelear, pues al día siguiente volverán los frutos y volverás a entender por qué estas a miles de kilómetros de tus seres queridos y –enamorada- de esta locura de convertir la oscurana en claridad del pueblo indígena de Nicaragua.
Esto es amor. Y del amor nacerá la mejora de la calidad de vida de la isla y de sus gentes. Nacerá una isla azul y limpia. Nacerá una escuela de cultivo para que mejoren su alimentación y puedan producir. Nacerán las ganas de aprender a leer y escribir de las 46 personas que aún no saben. Nacerá que, quienes aprendieron a leer hace poco, ya se atrevan a analizar y escribir pequeños textos y a hacer operaciones cada vez más complejas.

No quisiera terminar estas líneas sin referirme a la inmensa labor que, por supuesto, mantiene la AEPCFA desde hace 35 años por y para la alfabetización del pueblo nicaragüense. Maestros del puño en alto que jamás dejan de enseñar a quienes deciden caminar de su lado; aprendiendo de los campesinos y pescadores; de mujeres y hombres que, quizás no sepan leer un escrito, pero albergan en ellos tanta sabiduría y experiencia, que son capaces de transmitir en una mirada o una frase, más que cualquier manual de educación popular.
Aplaudir también desde aquí a las dos compañeras con las que he tenido la enorme suerte de coincidir en esta aventura. Victoria y Teresa. Incansables. Infatigables. Enamoradas. Amigas y compañeras. Razones más que de sobra por las que seguir trabajando aun cuando flaquean las fuerzas. Capaces, tanto de enamorar a quienes llevan evitando alfabetizarse un año, como de volar machete con la misma energía y habilidad de un campesino.
Pensar en esas –locas y locos- que aún andan caminando por el mundo enamoradas de esta –locura-, es pensar en el amor más puro y sincero que se pueda tener por el ser humano.
GRACIAS.
Lorena García Robles.
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Nota de la Redacción.- Gracias a ti Lorena, gracias a Victoria y Teresa por vustra pasión y vuestro compromiso. Lo dais todo sin pedir nada a cambio, sois como esos fuegos que nos recuerda Galeano: arden la vida con tantas ganas que no se puede mirarlos sin parpadear, y quien se acerca, se enciende. Desde este otro lado del atlántico os recordamos y os deseamos suerte y que vuestro corazón siga tan generoso y grande como hasta hoy. Os queremos mucho.